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El Escorial fue el lugar donde Felipe II, ejemplo de príncipe renacentista, construyó su gran monasterio para conmemorar la batalla de San Quintín y fue residencia de la Corte en otoño durante muchos años. Podemos considerar a Felipe II como el impulsor de la creación de jardines renacentistas en España.

Posteriormente, en el siglo XVIII, Carlos III se puede considerar como el impulsor de los jardines neoclásicos. Nacido en Madrid en 1716, vivió durante muchos años en Italia, donde fue duque de Parma y Plasencia, rey de Nápoles, rey de Sicilia, y posteriormente, rey de España, desde 1759 hasta su muerte en 1788,

Carlos III fue un monarca ilustrado que pretendía, con sus actuaciones en los Reales Sitios, dar ejemplo de la nueva forma de proceder, basada en los criterios de la razón y la ciencia. Bajo su iniciativa se acotaron con verjas o tapias los terrenos de diversos enclaves regios como el Buen Retiro y la Casa de Campo, que sin embargo abrió al disfrute del público durante parte del día. Por otro lado, convirtió muchos de estos terrenos en explotaciones agropecuarias.

En esta época la Botánica fue cobrando cada vez mayor importancia como ciencia, especialmente gracias a los trabajos de Carl von Linné. Se organizaron numerosas expediciones científicas por todo el mundo,y se importaron gran número de plantas a Europa, que fueron utilizadas desde sectores como la horticultura o la herboristería medicinal hasta la jardinería. En este terreno, se importaron diversas plantas ornamentales, como una especie de orquídea, la Bletia verecunda, y diversas especies de azaleas, camelias, magnolias, robles y arces. La difusión de nuevas especies vegetales favoreció la implantación de un nuevo tipo de jardín especializado en su estudio y conservación, el jardín botánico, que proliferó especialmente entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX.

El Escorial conoce un nuevo florecimiento debido a que, tanto a Carlos III, como después a Carlos IV, les agradaba pasar temporadas en este Real Sitio. Incluso se obligó a los Jerónimos a vender en 1767 terrenos para construir viviendas privadas y se erigieron nuevos edificios.

En 1768 Carlos III nombra a Juan de Villanueva arquitecto de la corte, para realizar las obras necesarias para adaptar el lugar a los nuevos gustos, especialmente para combinar sus recuerdos italianos con el estilo herreriano del entorno. El nuevo pueblo y la ordenación de la naturaleza que lo rodean, se procura que estén en armonía con el Monasterio y las Casas de oficios del siglo XVI

Juan de Villanueva se había iniciado como arquitecto con su hermano Diego Villanueva, el gran rival de Ventura Rodríguez, y uno de los grandes antibarrocos del siglo XVIII. Completo su formación en Roma y Napoles. Esta formación le convierte en un arquitecto muy cercano a Carlos III, por lo que se considera el arquitecto más representativo del neoclasicismo madrileño, muy apreciado en la corte de la época.

Carlos III manda construir la Casita del Príncipe o Casita de Abajo, como pabellón de recreo para uso de Carlos IV, por entonces Príncipe de Asturias, en un bosque de robles, en el entorno de El Escorial, entre el Monasterio de El Escorial y el núcleo urbano escurialense. A las vez se inicia la construcción de la Casita del Infante o de Arriba, para el Infante Don Gabriel.

La moda de estas pequeñas construcciones venia de Francia y recibían el nombre de “trianons”, “bagatelles” o “casinos” en español. Eran pequeñas construcciones, rodeadas de hermosos jardines y donde los miembros de la familia real podía disfrutar de cierta intimidad con sus círculos de amigos.

La Casita del Príncipe se construye en dos etapas. En la primera fase, 1771-1775, se construye el piso superior , los pabellones laterales y el jardín frente a la casa, con una plaza circular central, que tiene una fuente y ocho calles radiales con setos de boj.

El cuerpo perpendicular al conjunto del edificio, ocupado por el comedor y el salón del café, corresponde a la segunda etapa, entre 1781 y 1785.

 

Los dos pequeños pabellones laterales quedan unidos al palacete por unos pórticos toscanos. El pabellón de la derecha debió formar parte del recinto cortesano y el de la izquierda se usaría como cocina y estancia de los criados. La fachada del edificio, de 27 metros, recuerda a la del museo del Prado, a un tamaño mucho menor. Se trazó el jardín posterior, con un amplio espacio de forma cuadrada con diversos compartimentos geométricos plantados de árboles frutales, de donde partía un eje axial con una plaza circular con fuente en su intersección con el transversal, que se prolongaba hacia un jardín trasero con tres niveles con escaleras y rampas donde se situaba una fuente rústica en cascada y un estanque cuadrado rematado en un hemiciclo con parterres de boj. Los jardines se conservan, aunque desvirtuados por la plantación de especies alóctonas como sequoyas y pinsapos, consecuencia del paso de la Escuela de Montes por estos lugares, ya que permanecieron en San Lorenzo entre los años 1871-1914

En cuanto a su interior, el palacio es muy representativo de la decoración del siglo XVIII. Ha sufrido numerosos cambios, los primeros, después de la invasión francesa, que obligaron a Fernando VII a redecorar el palacio. Alfonso XIII restauró el mobiliario en el siglo XX y hace un par de años hemos podido comprobar la restauración de las sedas de las paredes del interior, conservando el estilo pompeyano y etrusco. Entre los elementos decorativos encontramos numerosos relojes, a los que era tan aficionado Carlos IV, así como otros elementos de colección, tan del gusto de la época.

La superficie total de la Casita del Príncipe es de 422.877 metros cuadrados, con un perímetro exterior de 2.908. La Casita ocupa 840 metros cuadrados y la superficie del recinto de la Casita es de 26.500.

Podemos distinguir dos zonas: El propio jardín de estilo francés, con parterres geométricos, que rodean al palacio y cuenta con un cerramiento protector, y un gran parque que rodea el jardín histórico, de casi 400.000 metros cuadrados, rodeados de una tapia protectora de piedra, con varias puertas. Actualmente solo dos están abiertas, una en la avenida Reyes Católicos, muy cerca de la estación del ferrocarril, y otra en la calle Ancha, muy cerca del edificio monástico. Desde aquí se accede al Bosque de La Herrería.

En el jardín podemos descubrir varios árboles singulares de la Comunidad de Madrid, como los dos abetos del Cáucaso, un pinsapo y dos secuoyas gigantes.

Fue declarado Jardín Histórico-Artístico, en el decreto de 3 de junio de 1931.

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